La enigmática piedra brasileña

En septiembre de 1872 el entonces presidente del Instituto Histórico y Geográfico de Brasil, el Marqués de Sapucahy, recibió por correo un sobre proveniente de un tal Don Joaquín Alves da Costa, hacendado residente en Paraíba, localidad del este Brasileño.

La misiva contenía una hoja de papel cubierta de misteriosos signos que ocupaban unas 8 líneas. Junto a la incomprensible inscripción venía una carta donde se explicaba el origen de la misma...

El señor da Costa narraba como unos criados suyos, mientras acarreaban unas piedras, descubrieron una maciza loza, fracturada en cuatro partes y cubierta de extrañas inscripciones. Enseguida ordenó que la llevarán a su casa y mandó llamar a un hijo suyo, letrado y educado en un centro docente para aristócratas, para que copiara las inscripciones suponiendo que eran importantes.

Don Joaquín, concluía la carta, expresando el deseo de recibir algún día al prestigioso erudito para conversar sobre el hallazgo.

El marqués, una persona mayor por aquellos años y neófito en asuntos lingüísticos, no supo identificar si se trataba de una escritura cuneiforme o jeroglífica. Por lo tanto, le dio la tarea de resolver el enigma a Ladislao Netto, un inmaduro científico que nada tenía que ver con la rama de las lenguas antiguas. El joven, comprometido con el anciano y poseedor del entusiasmo de los años mozos, se entregó con entusiasmo a la obra.

Después de algunos tropiezos iniciales llegó a la conclusión de que las inscripciones estaban realizadas en fenicio. Con ahínco se dio a la tarea de aprender esa lengua muerta. Paralelamente a esta labor, se propuso localizar el paradero del dadivoso latifundista, que hiciera tan importante donación a la ciencia, y cuya hacienda nombrada Pouso Alto esperaba encontrar. Aquí comenzaron los problemas...

Por aquel entonces, en Brasil abundaban los lugares designados con ese nombre. Por más que Netto preguntó a campesinos, entrevistó a terratenientes, indagó con funcionarios provinciales; nadie, ni siquiera los agentes del orden público habían oído mencionar al susodicho hacendado y mucho menos su enigmática loza.

Con el paso de los meses, comenzó a expandirse el rumor del descubrimiento hasta llegar a oídos del emperador Pedro II, monarca brasileño con ínfulas de rey ilustrado. Por orden suya, una copia de la inscripción acompañada de una descripción del hallazgo fue enviada a Ernesto Renan, especialista en religiones antiguas.

Renan, filósofo francés de renombre mundial se negó a descifrar la inscripción alegando que se trataba de: "¡Una falsificación falta de originalidad!". El testarudo emperador, no convencido con la respuesta del francés, ordenó a Netto que continuará las investigaciones.

Durante varios años, este tenaz joven trabajó sin descanso para descifrar la arcana frase fenicia grabada en la roca. ¡Todos sus intentos fueron en vano! En carta dirigida al Monarca, reconoce su impotencia... y da la razón a Renan. La Piedra de Paraíba cayó en el olvido.

Un siglo después, la prensa occidental, sedienta de noticias sensacionalistas y a la caza de mitos y leyendas, desempolvó la historia. Este fue el momento donde entró en juego un carismático filólogo norteamericano nombrado Cyrus Gordon. Experto en antiguos textos y máximo defensor de la autenticidad de la Piedra. Gordon dio a conocer que poseía una "copia fiel" de la misma, obtenida de una fuente "digna de toda confianza". ¿?

A finales de 1966, Gordon sacó a la luz una traducción de la inscripción, donde quedaba claro que ¡los fenicios habían visitado la América 2500 años antes de Colón! Su versión rezaba lo siguiente:
"Somos hijos de la tribu de Hanaan de Sidón, ciudad real. El mar nos lanzó a nosotros, marinos mercaderes, a la lejana costa de este país montañoso. Nos hicimos a la mar consagrando nuestra juventud y glorificando a nuestros Dioses y Diosas, en el año noveno del reinado de nuestro monarca Hiram. Zarpamos nuestros diez barcos del puerto Ezion Gaber situado en el Mar Rojo. Durante dos años enteros navegamos hacia el extremo sur de las tierras de Ham (África), pero la mano del Dios Baal dividió con una fuerte tormenta las naves y perdimos a nuestros compañeros de viaje. De este modo nosotros, 12 hombres y 3 mujeres, tocamos en estas costas. Nos asombran muchas cosas que vemos aquí. Rogamos la bendición de los grandes Dioses y Diosas..."
Menudo revuelo se armó en el mundo científico. Varios eruditos, fiándose de la autoridad de Gordon, se propusieron comprobar la traducción. Como resultado brotaron muchas incongruencias a las cuales el experto no supo dar respuesta. Su prestigio comenzó a tambalearse.

En 1971 Gordon formuló una nueva hipótesis, que rechazaba por completo su anterior traducción. En esta ocasión, el sabio estadounidense, afirmaba que la Piedra Brasileña, contenía un criptograma fenicio compuesto de dos claves: la primera oculta la fecha del trágico viaje al Nuevo Mundo y la segunda es una oración implorando a los dioses la salvación. A pesar de las muchas interrogantes que planteaba este nuevo problema, este investigador se negó a publicar esta nueva traducción, limitando así que otros especialistas pudieran comprobar sus palabras.

Hasta los días actuales este misterio sigue en pie. Muchas preguntas siguen sin respuesta. Preguntas tan simples como las realizadas por la periodista norteamericana Barbara Ford:
  • ¿Por qué el marqués de Sapucahy recibió la carta por correo y no por un recadero como era la costumbre de la época?
  • ¿Por qué el señor da Costa nunca llegó a entrevistar con el marqués?
  • ¿Por qué después de la primera misiva tan cortes de éste nunca volvió a aparecer?
  • ¿Por qué en el sobre de la carta había una dirección del remitente tan vaga?
Y lo más interesante:
  • ¿Por qué durante cien años ningún especialista ha podido ver el original?
Alguien tendrá respuestas a estas interrogantes o es que… la Piedra Brasileña jamás existió...